viernes, 19 de marzo de 2010

Catalina

El médico cubano Marcelo Cano fue condenado a 18 años de prisión durante la Ola Represiva del 2003. En esos momentos fungía como coordinador del Colegio Médico Independiente de Cuba. Su esposa nunca se incorporó a las Damas de Blanco. Dicen que tiene una niña y quizás por eso no tuvo tiempo, o quién sabe por qué.

Pero Marcelo tiene una tía que lo representa con honra: Catalina Cano, linda viejecita, que todos los domingos encamina sus pasos hacia la iglesia de Santa Rita de Casia para pedirle a la patrona de los imposibles que libere al que, desde hace mucho tiempo, adoptó como hijo. Cuando habla de él se le nubla la mirada, pero rápidamente recobra el ánimo: “Luchar junto a las Damas me ha transformado, la vejez sólo la siento en la piel, porque mi alma y mi corazón se han vuelto jóvenes para dedicarme a la causa de los presos políticos cubanos”, me comentó un día caminando al frente de una marcha.
Viuda desde hace más de dos lustros, tampoco tuvo hijos, pero ha podido encontrar una cura para su soledad. Sabe que las Damas de Blanco son sus hermanas y que nunca están demasiado lejos cuando de ellas requiere. Y es que siente menos el desamparo en que la dejó el gobierno, desamparo que padecen casi 2 millones de cubanos que han llegado a la tercera edad, imposibilitados para acumular un patrimonio propio, que viven en condiciones precarias, calculando día a día los exiguos recursos con que cuentan para sobrevivir. Pidiendo limosnas o vendiendo en la calle baratijas y cigarros, acosados por la policía, aplastados por la muchedumbre al abordar el transporte público, paliando sus enfermedades en establecimientos de salud desprovistos y mugrientos, y sin acceso a servicios de oftalmología, de odontología o equipos médicos para discapacitados como bastones, muletas y sillas de ruedas. Y sobre todo, humillados y discriminados por el estado que se vanagloria de darles una vejez digna.
Pero Catalina ha vivido suficiente para poder establecer las diferencias con el pasado y valorar la justicia de las ideas que defienden los opositores pacíficos. Incorporarse a las Damas de Blanco fue un verdadero reto, porque supo siempre que el régimen no haría ninguna diferencia con ella debido a su edad y que sufriría el mismo castigo que las otras. Ella ha padecido también las amenazas, el acoso y los mítines de repudio orquestados por la Seguridad del Estado. Pero nada amedrenta a esta anciana valerosa: cada día de visita, arrastra su bolsa de provisiones hasta la lejana Cienfuegos, ciudad donde está ubicada la cárcel de Ariza, en la que se encuentra encerrado su sobrino.
Ya no siempre puede participar en las largas caminatas que hacen las Damas de Blanco, han transcurrido 6 años y cada día el dolor de sus rodillas se hace más penoso y más arduo ponerse al paso de las otras, pero a la salida de la misa espera, amparada de los rayos del sol por su sombrilla, a que sus compañeras realicen la tradicional caminata por el paseo de la 5ª Avenida para reunirse con ellas.
Cada segundo domingo de mayo, las Damas de Blanco ofrendan a la Virgen María y a Santa Rita de Casia sendos ramos de gladiolos, que son entregados en el altar por las miembros cuyo vínculo con el preso es el de ser su madre, aquellas que a pesar de su edad avanzada y de sus achaques concurren regularmente a homenajear a sus hijos. Laura Pollán, líder del movimiento, me dijo: “Elegimos a Catalina, porque para nosotras ella es la madre de Marcelo Cano”.
En diciembre del 2008, las Damas rindieron un pequeño homenaje a Catalina Cano, de 81 años, y a Petra Serafina Díaz, de 86, por ser las Damas de Blanco de mayor edad y mantenerse vinculadas al grupo desde sus inicios.

Magalis


La incorporación de los familiares de los presos políticos a las Damas de Blanco fue un proceso lento. Algunas de nosotras viajamos a diferentes pueblos del interior de la Isla para visitar a las esposas y alentarlas a que se unieran al grupo. Esto en Cuba resulta peligroso, pues el gobierno puede acusarte de un delito tipificado en el Código Penal Cubano como “incitación para delinquir”.

Transcurrían los últimos días de 2003. Habíamos concebido nuestra reunión mensual para intercambiar experiencias y noticias sobre los presos políticos, avisar sobre las visitas a las cárceles en ese período y compartir medicinas y alimentos. Aunque ya el movimiento se había incrementado, todavía muchas mujeres no asistían a las reuniones por miedo, por falta de información o por falta de recursos para trasladarse hacia la capital.
Magalis Broche estaba en el último grupo. Vive en Camajuaní, un pueblito cercano a Santa Clara. Se había enterado por Radio Martí que realizamos estos “Té literarios” los días 18 de cada mes y llamó por teléfono para que supiéramos que podíamos contar con su apoyo y que pronto viajaría a La Habana para conocernos personalmente.
Ella es la esposa de Librado Linares, presidente del Movimiento Reflexión, condenado a 20 años de prisión el 4 de abril de 2003. Linares está muy enfermo y su estado se deteriora más cada día por las condiciones carcelarias. El pasado 18 de julio, las Damas de Blanco hicieron un ayuno y una marcha para “llamar la atención dentro y fuera de Cuba acerca de la situación de salud en la que se encuentran los presos políticos más enfermos…”, entre los cuales está Librado.
Tienen un hijo que ya tiene 11 años: César.
Conversando con Magalis recordé que, cuando mi esposo fue encarcelado en la misma causa, a nuestro hijo Gabriel le hicieron un test en la escuela para constatar si estaba “penetrado por las ideas de su progenitor”, pero afortunadamente según me contaron el único problema que tuvo fue que escribió una oración que decía “Mi padre es un héroe”.
Me duele el hijo de un hombre que ama la paz y que cumple prisión por aspirar a que su pueblo la disfrute, rodeado de vocecitas infantiles gritando consignas que incluyen conceptos como guerra, mafia cubana, trinchera. Lo veo luchar contra las burlas o las agresiones de sus compañeritos de escuela. Puedo imaginarme la confusión del pequeño mirando repetirse en las paredes de su aula la foto de Fidel Castro, responsable de su tragedia familiar, o quizás preguntándose qué enorme fechoría llevó a su papá a la cárcel. Han pasado 6 años y ahora comprende mejor, a pesar de la propaganda de descrédito de las autoridades cubanas. Magalis me dice “es bastante triste lo que nos ha tocado, pero nuestro hijo me agradecerá toda su vida el padre que escogí para él”.
¿Y cómo se desenvolverá la evaluación de César en el denominado “Expediente acumulativo”?, documento que los maestros tienen que completar de cada estudiante y que incluye la participación en las actividades políticas, sus tendencias ideológicas, el ámbito social y familiar en el que se mueve. Este documento será cantera para el otorgamiento de honores, escuelas, carreras universitarias y futuros empleos.
Cada 6 de enero, César asiste a la pequeña fiesta de Reyes que celebran Las Damas de Blanco para los hijos y nietos de los presos políticos. Allá se siente más animado porque sabe que la mayoría de los niños que están en la reunión comparten el mismo dolor. Pero César le escribe a su Papi: “Eres el hombre más bueno del mundo por eso tengo muchas ganas que regreses a casa. Tengo tantas ganas que vengas que prefiero no tener juguetes a cambio; que vengas para siempre… sí, que acabes de venir ya”.

Nancy


Lo que mejor recuerdo de Nancy Alfaya es su fe religiosa. Es una fervorosa practicante en la Iglesia Pentecostal donde, actualmente, transcurre buena parte de su vida. Pero la conocí en la antesala del cuartel de la policía política, mientras ambas esperábamos los 5 minutos de visita que nos asignaban las autoridades para ver a nuestros esposos durante los procesos de instrucción de cargos que los llevaron a presidio en la Primavera de 2003.Días más tarde, mientras transcurría el juicio, Nancy no cesó de repetirme que Dios estaba con nosotros y que nada podría vencernos y que seguro nuestros maridos estarían pronto en libertad. Recuerdo los labios de Nancy moviéndose rápidamente sin emitir sonido, en lo que supuse sería un rezo desesperado.

Su esposo Jorge Olivera se portó valiente en el juicio y sigue portándose del mismo modo, después de haber salido de la prisión con una licencia extrapenal por enfermedad en diciembre de 2004: a pesar de las reiteradas amenazas de los gendarmes de los Castro de encarcelarlo de nuevo, no ha dejado de hacer el periodismo por el que fue condenado a 18 años el 4 de abril de 2003.
Cuando Olivera, al que el gobierno americano había otorgado una visa de perseguido político, salió de prisión, pidió a las autoridades migratorias cubanas el permiso de salida definitiva del país. En cualquier lugar del mundo democrático, solo tendría que sacar un pasaje, pero en Cuba los trámites para viajar transitoria o permanentemente al extranjero, requieren la aprobación del Ministerio del Interior y ésta puede ser negada o nunca contestada.
Las leyes migratorias cubanas, lejos de ser las regulaciones razonables de un estado moderno, son recursos usados con desparpajo para intimidar y someter a los ciudadanos a los caprichos de la tiranía. Percatado de que los cubanos tienen la filosofía de los confinados en campos de concentración, es decir, el enfrentamiento a los represores es suicida, escapar lejos de ellos es la solución; el gobierno manipula a las personas a su antojo y las obliga a mantener la máscara de su adhesión al régimen hasta el último minuto. Un hombre, o una mujer, que logra ganar el sorteo de visas de E.U., adquiere instantáneamente otra categoría y los demás lo miran con envidia o con admiración, pero a este elegido le queda un largo camino que transitar todavía: el del permiso de salida de Cuba. Para obtenerlo, tiene que asistir a las reuniones de los CDR y la FMC y estar de acuerdo con lo que se plantee en ellas, además insistirá en que su pretensión de abandonar el país no es nada política y mucho menos falta de patriotismo, solamente buscar un alivio económico.
A lo largo de 50 años la dictadura de los Castro ha separado familias enteras, sin distinguir entre padres e hijos o esposas y esposos y en un prepotente acto de irrespeto a los derechos de los cubanos, también, a su arbitrio, niega la entrada a la tierra donde has nacido. Como es de imaginar los opositores políticos que se acogen al programa de refugiados de los E.U. son castigados a permanecer en la incertidumbre de si podrán o no rehacer sus vidas de nuevo.
Las Damas de Blanco han realizado gestiones para salir temporalmente de Cuba, en diversas ocasiones en que han sido invitadas por organizaciones defensoras de derechos humanos para participar en forums internacionales, o recibir premios como el Sajarov del Parlamento Europeo o el premio a la defensa de los derechos humanos de Human Rights First. En todos los casos, las autoridades cubanas las han sometido a innumerables trámites burocráticos y finalmente, no han dado respuesta a su petición. También a solicitudes de salida temporal por razones personales, que han hecho algunas de las componentes del grupo, se ha negado el gobierno cubano sin argumentar nada.
A Jorge Olivera y los suyos los han tratado de resquebrajar: le han propuesto a Nancy que viaje sola, o que lleve a sus hijos con ella. Pero Nancy se ha mantenido inalterable, su amor no es negociable y sus creencias la fortalecen: “para los agentes de la Seguridad del Estado que no creen en Dios, sería muy fácil hacer lo que me proponen que haga yo, pero Dios hizo a la familia para estar unida, estaré con Jorge y mis hijos aquí o allá, pero juntos”.

Alejandrina

Cuando Diosdado González Marrero, condenado durante los arrestos de marzo de 2003 a 25 años de prisión, fue detenido en su casa de El Roque, pueblecito aledaño a Perico en la provincia de Matanzas, era el presidente de un grupo pacífico de defensa de los derechos humanos llamado “Paz, Amor y Libertad”. La Seguridad del Estado y las fuerzas policiales que la acompañaban tuvieron que derribar la puerta, porque Diosdado y su familia se negaron a dejarlos pasar.
Desde entonces Alejandrina González de la Riva, su esposa, asumió los deberes de madre y padre para su hogar y sus hijos. A través de Radio Martí se enteró de que un grupo de mujeres en La Habana caminaban por la 5ª Avenida de la Habana, en protesta por el encarcelamiento de sus hombres, y hacían declaraciones y denuncias a la prensa extranjera, porque los medios masivos de comunicación en Cuba están en manos del gobierno totalitario que los maneja a su antojo censurando la información al pueblo. Alejandrina vio en las Damas de Blanco una forma de homenajear a aquel que la enseñó, con su ejemplo, a vivir con honor.
Llamé por teléfono a Alejandrina porque supe que Diosdado se había declarado en huelga de hambre y líquido. Ella está muy angustiada pero serena.
Me dice que a pesar de las torturas a las que está sometido continuamente, su esposo no se ha debilitado, al contrario, lo ha fortalecido moralmente.
La primera forma de tortura fue el encarcelamiento injusto de esos hombres y ubicarlos en cárceles muy lejanas a sus lugares de residencia. Alejandrina me cuenta cómo se preocupa Diosdado por los viajes tan largos y costosos que tiene que hacer su familia para ir a verlo, por cómo ella ha tenido que manejar sola la casa, conseguir el alimento y criar a los hijos, cuando se enferman cómo lograr las medicinas, cuando tienen un problema en la escuela cómo se las arregla para resolverlos. Sufre Diosdado cuando se entera de los actos de repudio que le hacen a su mujer, de los golpes que le han dado las turbas instigadas por la Seguridad del Estado y que él no está ahí para protegerla y defenderla. Solo en su celda de castigo, se pregunta si ella siente miedo ahora, se desespera por el peligro que corre a diario.
A Diosdado lo han torturado físicamente también: le esposaron las manos y los pies y lo golpearon, sin ningún motivo, sólo con el fin de hacerlo deponer la actitud orgullosa del que sabe que está en el lado de los buenos.
Durante estos 6 años de cautiverio, se ha negado a ponerse el uniforme de preso común porque él no lo es. El gobierno cubano se niega a darles a los prisioneros políticos cubanos el estatus de presos políticos, y a la vez multiplica las penalidades propias de las cárceles para ellos. Por exigir un tratamiento decoroso, a Diosdado lo trasladaron a una celda tapiada de castigo y, cuando en protesta por esta nueva medida se declaró en huelga de hambre, el segundo jefe de la unidad le retiró los pomos de agua en los que los presos almacenan el agua para beber.
Desde ese día se declaró en huelga de hambre y líquidos, está exigiendo que se le respete como prisionero político y que se le trate dignamente.
Alejandrina no ha dejado de denunciar a instancias gubernamentales cubanas, a organizaciones internacionales defensoras de los derechos humanos y a la prensa internacional los tratamientos crueles y degradantes que soportan los presos políticos cubanos, en celdas de aislamiento o en pabellones de hacinamiento, donde el calor se hace insoportable y los presos comunes, a cambio de beneficios prometidos por la policía política, los molestan y provocan. Donde escasea el agua, pululan insectos y ratas y los alimentos están podridos. Los presos políticos son, en mayor medida, víctimas del maltrato y las groserías de los guardianes.
Alejandrina ha sido víctima de los actos de repudio allá en su región natal y arrastrada por las calles por individuos dirigidos y adiestrados por las fuerzas represoras. Pero ella me cuenta que esa gente no son sus vecinos, ni sus conocidos, ni siquiera funcionarios de instancias municipales, sino que son gente traída en ómnibus de otros lugares, porque los sicarios del régimen no son capaces de movilizar a las personas que conocen a la familia de los González Marrero.
Los que conocen a Alejandrina la admiran y la respetan, muchos se acercan a ella para estimularla a seguir luchando. La apoyan con abastecimentos para que le lleve a su esposo a la cárcel y le mandan su solidaridad. Me cuenta que, un día un señor que había estado muy comprometido con el sistema, se le había acercado y le dijo: “usted está haciendo lo que la mayoría de los cubanos quisiéramos hacer, sólo que tenemos mucho miedo, mucho escepticismo”. Y entonces Alejandrina le contestó: “Pues nosotras, las Damas de Blanco, le estamos enseñando al pueblo que sí se puede enfrentar al Gobierno de los Castro en defensa de nuestros derechos. La oposición es pacífica pero tiene que ser desafiante.”
Y termina su narración con una mezcla de tristeza y satisfacción: “nuestra familia extraña mucho a Diosdado, pero él ha sido el ejemplo de coraje y dignidad que nosotros seguimos.”

jueves, 18 de marzo de 2010

María Elena

María Elena Alpízar es tan alta que llega al cielo. Era periodista independiente del Grupo Decoro, nos hacía reír contándonos que cuando venía a La Habana a las reuniones, mi marido se subía en una silla para dirigirse a ella.
Fue quien nos llamó Damas de Blanco por primera vez, en una crónica que escribió el 22 de mayo de 2003.
No tenía familiares presos, pero había sufrido la cárcel allá por la década de los 60por oponerse al régimen.
Viajaba con frecuencia de su natal Placetas a encontrarse con nosotras e incontables son las veces que estuvo detenida o que los agentes de la Seguridad del Estado de Cuba la obligaban a montarse en un carro y luego la abandonaban al borde de una carretera a cientos de kilómetros de su casa.
Estuvo la primera vez que nos atrevimos a salir de los alrededores de la Iglesia de Santa Rita. Siempre se efectuaban las marchas por el paseo de la 5ª avenida a la salida de la misa y supuestamente protegidas por las miradas de los feligreses que salían también del recinto religioso. Nos apresurábamos, porque creíamos que el gobierno cubano no se atrevería a abusar de mujeres a la vista de diplomáticos y periodistas extranjeros que acudían a la parroquia.
Sucedió justo durante el primer aniversario de la brutal represión desatada por Fidel Castro contra sus opositores. Durante días y muy secretamente, sólo las más allegadas estaban al tanto de lo que se iba a hacer, preparamos los homenajes, cosimos una imitación de la bandera cubana pero sin la estrella, el color rojo lo pusimos en forma de listón para que no pudieran acusarnos con el delito de “ultraje a los símbolos patrios” y sobre este escribimos “libertad para los 75”. Dos listas azules y dos blancas y en estas últimas pegamos las fotos y los nombres de los 75 encarcelados de la Primavera Negra.
Hasta bien entrada la noche se quedaron las más habiles para que al otro día pudiéramos enorgullecernos de ver colgando en una pared de la sala de Laura Pollán nuestro estandarte.
Las puertas y las ventanas fueron abiertas y se arremolinó la gente para ver la tela. Entonces no nos conocían dentro de Cuba.
Al otro día 19 de marzo nos citamos para la heladería Coppelia de donde partiríamos, muertas de miedo pero decididas, a la Dirección Nacional de Cárceles y Prisiones y luego a la Asamblea Nacional del Poder Popular a pedir la libertad de nuestros familiares.
Mientras gritábamos libertad, libertad, yo con la mano de mi hijo fuertemente apretada, me decía para mis adentros: “Ahora sí se nos fue la catalina, nos van a meter presas a todas”.
Éramos 16 mujeres: Laura Pollán, Loida Valdés, Dolia Leal, Gisela Sánchez y su cuñada Vilma Portales, Mireya Pentón, Marcela Sánchez, Caridad Noa y la madre de su esposo Felicia Espinosa, Bárbara Rojo, Margarita Borges, Berta Soler, Matilde Jerez, Isabel Ramos, María Elena Alpízar y yo.
Por su posición frontal al régimen cubano María Elena padeció la separación de sus hijos que vivían en Venezuela y a los que “en 25 años, 6 meses y 27 días” no pudo ver. Soñaba con reunirse con ellos, pero los oficiales de emigración le contestaron a su demanda “que Chávez no quería contrarrevolucionarios allá”. A los 65 años pudo emigrar a los Estados Unidos, donde ha continuado su apoyo a los opositores cubanos y desde donde, cuando puede, de la pensión que recibe para vivir, todavía “saca algo para los hermanos” que dejó en el suelo patrio.

Milka


Un día sentimos unos toques apremiantes a la puerta de casa de Laura Pollán. Al abrir, una mujer morena casi se desmorona bajo el dintel. Era Milka María Peña Martínez, sudorosa y sedienta, con su bebita de pocos meses apretada contra el pecho, pero feliz de habernos encontrado.
Había recorrido los casi 700 kilómetros que separan su hogar en Puerto Padre, al oriente de la Isla, de la Cárcel Combinado del Este donde estaba recluido en ese momento su esposo Luis Enrique Ferrer García, quien cumple 28 años de prisión, la condena más alta impuesta entre los miembros del grupo de los 75.
Hablaba atropelladamente, como si pensara que le impedirían decir todo lo que quería: había oído de nosotras y Osvaldo Payá -coordinador del Movimiento Cristiano Liberación- le indicó como encontrarnos; nos contó que le había traído a Luis Enrique su hija para que la conociera, pues ella estaba embarazada cuando lo detuvieron, pero que las autoridades del penal sólo le permitieron verla unos minutos; nos habló de su pleito con los funcionarios del registro civil para ponerle a la pequeña el nombre de María Libertad.
Todavía no se incorporaría totalmente a nuestro grupo ni iría a la Iglesia de Santa Rita, pero no por miedo, nos recalcó, sino que necesitaba recuperarse del parto y amamantar a la niña.
Y de verdad, es una mujer muy brava la media naranja de Luis Enrique, quien en el transcurso del juicio invitó a sus jueces a firmar el proyecto Varela del cual era promotor.
Yo no lo conocí personalmente a él, aunque sí hablamos alguna vez por teléfono. Un día escuché una grabación de una llamada telefónica suya, desde la cárcel. Era el 20 de mayo, 107 aniversario del nacimiento de la república cubana y quería enviar su mensaje de homenaje a la efeméride. Cuando los guardias del penal trataron de impedírselo se amarró al aparato y oímos como los guardias forcejeaban para quitárselo, mientras él, haciendo caso omiso a los golpes, trasmitía sus palabras.
Inmediatamente pensé en su mujer, porque estoy segura así reaccionaría ella en situación semejante.
En mi trabajo con las Damas de Blanco desde el exilio he tenido muchos anécdotas, pero una que me causó risa y a la vez admiración fue cuando una de las “mulas”, que llevaba provisiones a Puerto Padre, llamó por teléfono espantado diciendo que esa “guajira estaba loca”, que en la casa de tablas y zinc donde vivía, tenía carteles que rezaban: ¡Viva el Proyecto Varela! ¡Libertad para los prisioneros de conciencia! y que él no llegaba hasta allí ni aunque le pagaran una fortuna.
Milka enfrenta el desafío de criar a su hija sola. María Libertad aprendió a leer con las cartas de su papá y ahora ya ella también puede enviarle notas a la prisión. Ha crecido entre viajes al presidio y a La Habana a las actividades de las Damas de Blanco. Desde que pudo caminar porta un gladiolo en su mano y camina junto a su madre pidiendo la libertad de los presos políticos.
Pero esta chiquilla procede de una familia de valientes. Los Ferrer son tres hermanos que en la zona de Santiago de Cuba son bien conocidos por la población por su coraje y enfrentamiento al gobierno: Luis Enrique, José Daniel y Ana Belkis, quien ha dedicado su vida a defender la de sus hermanos. La madre de los Ferrer tiene que sentirse muy orgullosa de haber entregado, como Mariana, tres hijos a la Patria, y por si fuera poco una nuera.
María Libertad encara, como su hermana mayor, el estigma asociado con tener a su padre encarcelado, y aun más por una causa política que en Cuba es un delito tratado con la mayor severidad reglamentada. Sin embargo, le corresponde el orgullo de ser descendiente de una pareja valerosa que por su tesón y decoro son parte de la historia de nuestras luchas libertarias. Esa es la certeza que la sostendrá en estos años de abnegación y dolor.

Julia


A Julia Núñez la conocí antes de los sucesos de la Primavera Negra de Cuba, en una recepción que el 15 de enero de 2000, Vicki Huddleston, entonces embajadora de EE.UU en La Habana, ofreció por el aniversario del nacimiento de Martin Luther King. Recuerdo, diáfanamente, mi pánico cuando a los pocos días la Mesa Redonda de la Televisión Cubana acató como tema esta reunión y nombró a todos los “cabecillas contrarrevolucionarios” que habían asistido, endilgándoles los más oprobiosos comentarios. Julita no era una activista de la oposición pacífica, pero padecía como yo, los temores de estar casada con uno de ellos.
Tres años después, su esposo Adolfo Fernández Saíz, traductor y periodista independiente dentro del movimiento opositor cubano, una de las figuras más respetadas, fue detenido y condenado en juicio sumario a 15 años de prisión.
Julita es modesta y de una firmeza inalterable. No es de las damas más conocidas, sin embargo ha participado siempre en cada marcha, en cada protesta, en cada reunión. Ha estado desde esos primeros días en que no soñábamos ser conocidas internacionalmente, ni ganar premios.
Después que nuestra familia se estableció en Miami, continué el contacto frecuente con las Damas de Blanco. Generalmente llamaba a Julita por la mañana, pero ella casi nunca se encontraba en casa. Un día se lo reproché llamándole “callejera”. Ella entre risas me explicó: “parece que ya has olvidado lo penoso que resulta conseguir los alimentos en Cuba. Cuando comienzo el día, en lo primero que pienso es qué cocino, cómo cumplo con esta titánica faena”. Nos reímos ambas y quedé pensando en las dificultades que afrontan mis amigas.
En Cuba se padece la congoja cotidiana de despertar y pensar, no en la libertad ni en el futuro, sino en cómo sobrevivir: cuando una persona decide comportarse sin máscaras y defender los derechos de sus compatriotas, no sólo arriesga su propia vida y su libertad, también la estabilidad de los suyos que pasan, del mismo modo, a convertirse en marginados sociales. Por ende, se padece no sólo la discriminación y el atropello del gobierno, sino que se dificulta aún más conseguir las provisiones, pues los vendedores del mercado negro, mayor fuente para conseguirlas, huyen de tí y de tu casa como de una peste, pues conocen la vigilancia a que son sometidos los opositores pacíficos.
Las mujeres de los presos añaden a esta carga, la necesidad de acopiar provisiones en suficientes cantidades para dos o tres meses, período establecido por las autoridades cubanas para la entrega de la indispensable “jaba” a los prisioneros políticos: sábana, toalla, jabón, cuchilla para afeitarse, peine no porque los pelan al rape, frazada para limpiar el piso, cloro o aromatizante para limpiar la celda para que puedan aliviarse un poco de los horribles hedores. Hay que llevarle comida que se conserve por tres meses sin refrigerar: galletas, pan tostado, frutas secas, dulces en conservas, leche en polvo y azúcar.
Y todos estos avituallamientos cuestan días y días, largas caminatas por las tiendas en divisas y por los contactos del mercado negro para conseguirlos.
Después, cuando sea la fecha de la visita y con un boleto que te haya costado interminables días y noches de espera en las estaciones de ómnibus o trenes reservarlo, pues te irás cargada con el enorme peso de los suministros y el corazón palpitando porque, si la Seguridad del Estado te deja, podrás ver a tu ser querido.
También se llevan libros a las presos, único esparcimiento que se les permite. Estos libros son cuidadosamente inspeccionados por los guardianes carcelarios para evitar que se introduzca cualquier tipo de “literatura no acorde con los principios revolucionarios”.
Los Fernández Saíz son profundamente católicos. Cuando Adolfo fue encarcelado, su familia le llevó en las primeras visitas la Biblia y otras obras de carácter religioso, pero las autoridades carcelarias se negaron a dejar entrar tales “libelos”. Fue una lucha larga. Pero finalmente cedieron, sólo que incluyeron dentro del peso permitido de la jaba, que era de 30 libras, el peso de los libros que se le entraban al prisionero. También esa medida arbitraria venció Julita.
Y Adolfo, en una cárcel de Ciego de Avila, vence a sus verdugos, confortado por Dios.