jueves, 18 de marzo de 2010

Claudia


Hoy voy a escribir sobre una de mis amigas más queridas: Claudia Márquez. Cuando se producen los arrestos de 2003 se desempeñaba como directora y periodista de la agencia independiente de prensa Decoro, que había sido fundada años antes por mi esposo Manuel Vázquez Portal. Ella estaba casada con Osvaldo Alfonso, a la sazón, presidente del Partido Liberal de Cuba quien fue condenado a 20 años de prisión.
Un día en Villa Marista, estado mayor de la policía política, mientras esperaba junto a mi cuñada los 5 minutos reglamentados para la visita a los detenidos, vi pasar a Claudia y me acerqué a saludarla. Al rato, un coronel del Ministerio del Interior, del que sólo recuerdo los círculos rojos que rodeaban sus pupilas y su voz imperativa, luego de confirmarme que mi marido sería procesado, me gritó “oiga, y trate de no reunirse con ese tipo de personas”.
Esto bastó para que me acercara más a ella y consolidáramos ambas una amistad que perdura a pesar de que apenas nos hemos visto en cuatro años.
Comenzamos a reunirnos en casa de Laura Pollán y a invitar a las familias de los presos para allí. Así comenzaron lo que ahora se llaman “Tés Literarios” que en los primeros meses se realizaban todos los días, porque siempre estábamos un grupo de la mañana a la tarde discutiendo asuntos, pensando estrategias e intercambiando medicinas, alimentos y aliento. Lo de Té se lo puso Laura, porque generalmente lo único que ingeríamos era té y lo de literario porque leíamos poemas y cartas de nuestros familiares encarcelados.
Claudia fue la editora del tercer número de la revista clandestina De Cuba, dedicado a los prisioneros políticos, que salió a sólo 5 meses de la ola represiva.
La revista De Cuba había salido a la luz en diciembre de 2002, desarrollada por un equipo de la Sociedad de Periodistas Manuel Márquez Sterling. Pero, en el momento de que hablo, casi todos sus realizadores estaban en la cárcel.
En este último número aparecían crónicas, testimonios y fotos del Grupo de los 75 y de sus familiares. Su producción se hizo con el mayor hermetismo posible. La primera tirada, de 1000 ejemplares, hubo que quemarla por discrepancias acerca de cuáles presos debían o no aparecer en la revista. Luego se hizo una nueva impresión que circuló por toda la isla. Claudia asegura que “sin el concurso de las Damas de Blanco y de figuras de la oposición interna y externa no hubiera sido posible”.
Un día la policía política vino y se llevo a Claudia. No era un arresto formal, sólo querían “conversar con ella”. A las 5 ó 6 horas la trajeron, pero algo había cambiado en su mirada. A los pocos meses habló con Laura y conmigo y nos dijo que se separaría del grupo, que temía por su hijo y la seguridad del estado le tenía montado un gran expediente. Nosotras respetamos su decisión pero extrañamos su entusiasmo juvenil y su jovialidad.
En una ocasión, le insistí para que regresara con nosotras, la necesitábamos y extrañábamos, y además yo sabía bien cuánto ella amaba al grupo, del que fue una de las 12 fundadoras y por el que trabajó febrilmente en los primeros meses. Me respondió triste pero con decisión: “No porque podría hacerles daño y eso sí nunca me lo perdonaría”.
En junio de 2005 emigró con su hijo a los Estados Unidos y actualmente reside en Puerto Rico, donde se casó de nuevo y tiene una niña preciosa a la que puso el nombre de su ciudad querida: Habana.

Berta



Berta Soler es el azabache de las Damas de Blanco. Su energía, enorme y poderosa, las protege frente a las influencias negativas y maleficios. De ánimo alegre, ha sabido intervenir oportunamente cuando algún indicio de agotamiento o resquebrajamiento motivados por los años de tensión o sibilinos propósitos han azotado a las mujeres que componen el grupo.
Se siente orgullosa de ser negra, pero le avergüenza que compatriotas suyos pretendan humillarla por esto: frecuentemente en los actos de repudio las hordas entrenadas y dirigidas por la Seguridad del Estado tratan de minimizarla y agredirla por el color de su piel.
Nunca, antes de haberse incorporado a las Damas de Blanco, se había sentido discriminada, porque el pueblo cubano no es segregacionista, pero el régimen, intrínsecamente racista, manipula a sus acólitos y utiliza los recursos que cree más insultantes para atacar a los que se le oponen.
Cuando comenzamos a ir a misa en la iglesia de Santa Rita, a finales de marzo de 200, ya ella asistía con el Comité de Madres Leonor Pérez. Su esposo había cumplido una condena anterior en el presidio político cubano.
Ángel Moya Acosta, fundador del movimiento Libertad y Democracia, fue nuevamente condenado a 20 años de prisión en la Primavera Negra de Cuba. Cuentan que cuando los guardias se lo llevaban esposado, se dirigió a sus llorosos hijos y les dijo bien alto: “No me apresan por delincuente sino por defender los derechos humanos de nuestro pueblo”.
Y su compañera de la vida y de las ideas no se queda detrás en valentía. Ella fue la protagonista del primer plante que hicieron las familiares de los presos políticos en la llamada Plaza de la Revolución en octubre de 2004: su marido estaba padeciendo de una hernia discal que apenas lo dejaba caminar, después de infructuosas gestiones para que lo trasladaran a La Habana para operarlo, decidió entregar una Carta en el Consejo de Estado y no moverse de allí hasta que le dieran una respuesta positiva. Acompañada por su cuñada, y por otras Damas, estuvo tres días con sus noches en el lugar. Al tercer día la sacaron por la fuerza a ella y a los que la acompañaban en ese momento, pero logró su demanda: Moya fue trasladado a un hospital civil y operado.

A su coraje une la chispa burlona de la gente del pueblo. En una ocasión fue arrestada y llevada a la estación de policía. Allí se encaró a los agentes del orden y les exigió explicación de su detención: el oficial a cargo le dijo “Aaah ja… ¿qué dice ahí?”, señalando a la manilla blanca que Berta traía en la muñeca. Ella, abriendo los ojos, leyó la inscripción de su pulsera y le contestó “dice cambio ¿y qué?” y entonces el oficial continuó “ja, cambio, eso significa el cambio a otro sistema, tumbar a Fidel, ¿no?”. A lo que Berta socarronamente respondió “bueno… ahí no dice nada de eso, quien lo ha dicho es usted”.
Como mucha gente llega a su casa buscando una medicina, alguna vitamina o quizás un jabón y Berta, con cariño, ayuda al necesitado, es muy popular y admirada en su barrio de Alamar. Esto es motivo de preocupación para la jefatura del país que tiene entre sus prioridades mantener aislada y desacreditada a la oposición pacífica.
A principios de este año aparecieron letreros cerca de su hogar, en las paredes del edificio donde vive, en la bodega donde hace sus compras y en varios sitios más que decían “¡Berta es del G-2!” Los vecinos los borraron sin decirle nada, para evitarle más lastimaduras de las que ya soporta, pero un día en su camino a la casa se dio de cara con uno de los injuriosos carteles y luego supo que había habido más.
Qué pobre y tambaleante está ese gobierno que ha llegado a las más bajas maniobras contra indefensas mujeres que lo único que poseen para defenderse es su razón y sus gladiolos.

Reina Luisa



Reina Luisa Tamayo es la madre de Orlando Zapata, integrante del Movimiento Alternativa Republicana y uno de los promotores de la Peña del Parque Central. Fue arrestado el 20 de marzo de 2003 en el marco de la Primavera Negra de Cuba, pero no lo sancionaron hasta un año más tarde, el 20 de mayo de 2004, a 3 años de privación de libertad por “desacato a la figura del comandante”. A esa condena inicial, las autoridades cubanas le han ido agregando años en juicios de los que no ha sido avisada su familia y ahora ascienden a 25 los que tiene que permanecer en prisión.

La nueva aprehensión de Zapata, que había salido de la cárcel hacía unas semanas, llevó a su madre al paroxismo de la impotencia y el dolor. Me cuenta que había oído sobre los 75 opositores encarcelados y las protestas de sus esposas, y su rabia aumentaba al darse cuenta que no tenía medios económicos para viajar a La Habana, y la atormentaba no tener ropa blanca para sumarse al grupo. Habló con varias de sus amigas sin contarle su intención, consiguió una blusa blanca y con este atuendo se dirigió a casa de Laura Pollán, donde nos reuníamos.

Por esa época Zapata no había sido todavía enjuiciado y ni siquiera su madre sabía dónde lo tenían. Después de recurrir a varias entidades del gobierno sin resultados, Reina se dirigió al cuartel general de la policía política y sobreponiéndose a los maltratos y burlas de los oficiales que la atendieron, pudo enterarse que su hijo estaba en la penitenciaría de Guanajay en Provincia Habana.


Reina vive en Güira de Banes, un caserío del norte de Oriente y además de Orlando tiene 4 hijos más. Ella sí sabe bien cómo se multiplican en el entorno rural las penalidades de los cubanos: sus otros hijos, como muchos jóvenes campesinos, han emigrado hacia la ciudad en busca de alivio a sus miserables condiciones de vida.

“Mis vecinos son muy humildes, yo diría que pobrísimos, tú sabes como vive la gente del campo aquí: sin instalaciones sanitarias, cocinando con leña en un fogón improvisado con piedras, mucha gente ha perdido sus casas en los ciclones, y la miseria del guajiro se agrava por la persecución del estado a cualquier tipo de iniciativa privada que desarrolle.

“Pero son muy solidarios conmigo, cuando llego de las actividades que hacemos en La Habana, me preguntan sobre esto y muchos, desde que me ven venir a lo lejos, se acercan para felicitarme porque ya se han enterado por la Radio Martí de las marchas por las calles. Les parece mentira que haya quien se atreva a hacer eso. Pero yo estoy segura que ya hay muchos que sólo necesitan un empujoncito”.

La dificultad para llenar la bolsa con las provisiones para su hijo se acrecienta cada día, pues cada día está más desabastecida la alacena nacional, incluyendo al mercado negro. Las mujeres pasan meses compilando los alimentos para los presos. Reina viaja a La Habana para participar en las acciones de las damas y aprovecha para adquirir abastos para la visita familiar a la cárcel, porque en la capital los alimentos y artículos de higiene se encuentran con mayor facilidad Un día fue interceptada por guardias, quienes la trasladaron a la estación policial y le confiscaron las bolsas de galletas y leche en polvo compradas y la acusaron de acaparamiento, le pusieron una multa de 60 pesos y las explicaciones de Reina no los disuadieron de llevar a cabo su atropello.

En repetidas ocasiones se ha plantado frente a la prisión donde está Zapata para reclamar que se le respeten sus derechos. Cuando habla de su hijo encarcelado, se le agiganta de orgullo la voz y toca con fuerza sus collares santeros: mi hijo escribió en la petición fiscal varias veces ¡Abajo Fidel! ¡Viva Pedro Luis Boitel! ¡Cómo yo no voy a apoyarlo!

La presente crónica se publicó por primera vez el día 27 se septiembre de 2009 en El Imparcial Digital.