martes, 23 de marzo de 2010

Loyda

La Navidad de 2003 nos acercó más. Los festejos cobraban una significación especial para nosotras. Recordábamos con nostalgia, detalles de años pasados, cuando celebrábamos en el seno de la familia la alegría del nacimiento de Jesús.

La tarde del 24 de diciembre nos reunimos en casa de Laura Pollán para compartir una sobria cena, anécdotas personales de las cárceles que visitábamos y también dolores y memorias. Esa tarde lloramos oyendo a Loyda Valdés recitar una poesía que había compuesto para su esposo Alfredo Felipe Fuentes, condenado a 26 años de prisión por ser opositor pacífico al gobierno de Fidel Castro:

…Me han quitado este diciembre
mi árbol de navidad
el humo de Nochebuena
mi traje de festejar
el beso de fin de año
mi beso de comenzar
el rey mago de mis sueños
y mi gran felicidad…

Loyda vive en Artemisa, pequeño pueblo al sur de La Habana, pero a menudo recorre los 60 kilómetros de distancia hasta la capital, para unirse a las marchas y reuniones de las Damas de Blanco.
Cuando se incorporó a nuestro grupo ya hacía algunos meses que las mujeres de los presos caminábamos cada domingo por el Paseo de la 5ª Avenida, hacíamos denuncias a la prensa extranjera, nos entrevistábamos con diplomáticos acreditados en Cuba, escribíamos cartas a instancias gubernamentales y a políticos y otras personalidades del mundo. Ella transitó un camino diferente.
Cuando Alfredo -su esposo- fue condenado, ella tuvo la idea de recoger firmas entre la población para que indultaran a los presos de conciencia de 2003; algo semejante al Proyecto Varela, que se apoyaba en la propia constitución socialista. Para llevar a la práctica su propósito sin salirse de los rígidos marcos permitidos por la legislatura cubana, le escribió una carta al Bufete Colectivo de su pueblo pidiéndole asesoramiento jurídico. La respuesta tardó 2 meses pero llegó y no de la instancia municipal a la que había solicitado consejo, sino del Bufete Colectivo de la Provincia de La Habana, que le respondió tajantemente que no había asesoramiento legal ninguno para ese tipo de proyectos.
Ya durante el proceso de instrucción de su esposo en Villa Marista, había escuchado rumores de “las esposas de los 75”, que se habían unido para protestar contra la arbitrariedad cometida por el gobierno y después de recibir esta respuesta, se encaminó un domingo a la Iglesia de Santa Rita, donde se unió al grupo que, posteriormente, sería conocido como Damas de Blanco.
Un día, como frecuentemente sucede a los opositores en Cuba, se presentaron en su casa varios representantes del partido comunista, los Comité de Defensa de la Revolución y la Federación de Mujeres Cubanas para conminarla a que no participara en las actividades del grupo, porque esto le podría traer serias consecuencias a ella y a su esposo. Me cuenta Loyda que los escuchó cortésmente y luego los despidió sin hablar.
Al otro día, se presentó en la sede de la Seguridad del Estado de su ciudad y pidió hablar con el jefe de la unidad. Cuando lo tuvo enfrente, le dijo: “Vine a que me arresten. Mañana las Damas de Blanco tenemos caminata, y únicamente encarcelándome, podrán lograr que yo no asista”.
Ya hace más de 6 años que los condenados de la Primavera Negra extinguen sus largas penas. Loyda sigue asistiendo a las reuniones y marchas de protesta de las Damas de Blanco. Atiende a su hija enferma, a su anciana madre y a su marido preso, escribe cartas a representantes del gobierno y también compone, de vez en cuando algún poema. Le gusta decir que ella es sólo una amante esposa que defiende su hogar.
El 19 de diciembre de 2007 solicitó al tribunal supremo de la República una revisión de la causa de Alfredo Felipe, usando el derecho que tiene todo encausado a que su condena sea reconsiderada. Hasta ahora no ha recibido contestación, pero ya no se asombra de que el sólo hecho de no dar una respuesta, viola la constitución y los derechos civiles de su esposo y de ella misma. La ley cubana plantea que el tribunal está obligado a responder en 90 días si atenderá o no la solicitud. Loyda espera.

lunes, 22 de marzo de 2010

Somos inderrotables, contra el amor todo mal se estrella

Manuel estaba en la cárcel de Boniato, en Santiago de Cuba, a casi 900 kilómetros de nuestro hogar en la Habana. Nuestro hijo Gabriel le echaba mucho de menos. Ellos acostumbraban jugar todas las tardes. Practicaban el béisbol, el balompié o se iban a nadar a la costa, de donde vivíamos muy cerca. Para Gabriel la separación fue muy dolorosa. Manuel no sólo era su padre, era también su amigo. En los minutos que le daban para que habláramos por teléfono se lo conté. Entonces Manuel le escribió esta carta al niño:

Cárcel de Boniato, 22 de abril de 2004.


Sr: Gabriel Vázquez Huerga
Hijo:
¿De dónde te salen esos versos, desgarrados y desgarradores, que me enviaste? ¿Será verdad que la poesía tiene como manantial el dolor? ¿Qué no diera yo porque fueras un poeta sin los halos conque adornan al alma las tristezas? Pero "el amor, Gabriel, es dulce y espinoso" y la poesía es, sobre todo, amor. Pero no estés triste. La tristeza es una enfermedad que padecen los débiles. Mira, te transcribo unos versos que el poeta español Miguel Hernández le escribió a su hijo cuando él -el poeta- estaba preso en una cárcel franquista.


Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca


Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras,
rival del sol,
porvenir de mis huesos
y de mi amor.


Desperté de ser niño,
nunca despiertes.
Triste llevo la boca,
ríete siempre.


Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
No te derrumbes,
no sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.


Eso también quiero de ti y para ti. Juega, ríete, estudia mucho. Los libros son el mejor bálsamo para las heridas, la sabiduría que alcances en ellos te hará bello y fuerte, probo y justo. Yo no estoy triste, porque te tengo, y tengo a esa bondad y reciedumbre que es tu mamá. Somos inderrotables, contra el amor todo mal se estrella. No estés triste. Escribe, como has hecho con esos versos que ¡ya quisiera yo haberlos escrito a los diez años de edad! Pero no estés triste, que tu poesía sea como un dulce látigo cayendo sobre el lomo fiero de quien te provoque el dolor, y como una caricia a los oídos de quien te ama. La poesía es tralla y flor. Ojalá sólo tengas que usarla como flor, por ello lucharé sin cansancio.
Decirte qué me parecieron tus versos sería una tontería. Esos versos son hijos de tu dolor, nietos de los míos, son bellos, inmejorables, por lo menos, a los ojos de este abuelo que te vio, como padre, balbucir las primeras palabras, y ahora escucha a los nietos, dados por el hijo poeta, a un abuelo chocho. Sueña y escribe. ¡Qué dichoso eres, a los diez años ya tienes novia, versos y dolores!
Te ama
Papá.

Hoy, releyendo la carta, como alguna vez hice en los Tés literarios en casa de Laura, decidí dedicarles el poema de Miguel Hernández, cantado por Joan Manuel Serrat, a todos los hijos y nietos de los presos políticos cubanos, especialmente de los 53 que del Grupo de los 75 aún permanecen en las cárceles.




Un poco de historia

La turba contra las Damas

sábado, 20 de marzo de 2010

Laura

Para caracterizar a Laura Pollán he querido entregarles primero esta crónica publicada por Manuel Vázquez Portal el 9 de julio de 2001 en http://www.cubanet.org/ . Después les contaré cómo la conocí, cómo nos hicimos amigas, cómo nos iniciamos en las Damas de Blanco.

Conozco la Bondad

Está más que dicho que en las épocas de crisis no son precisamente las virtudes las que florecen. La gente se despelleja por una papa, crecen las fullerías y las miserias, engorda el egoísmo. Sin embargo, después de más de cuarenta años de crisis, en Cuba existe la bondad. Yo la conocí personalmente. Y se llama Laura.
Mi amigo Miguel Ángel Ponce está enfermo. Sus viejos pulmones de fumador empedernido se le han convertido en una pesadilla. El vive sólo en un solar de la calle Mercaderes, en la Habana Vieja. El mucho dinero que valen los cuadros de su padre, uno de los más altos exponentes de la vanguardia plástica cubana, el pintor Fidelio Ponce de León, no está en sus manos ni en sus bolsillos. Su madre no está para besarle la frente cuando en las tardes él arde de fiebre. Sus amantes, hembras y varones, con la edad han desaparecido.
Pero Poncito, con alma de jardinero paciente, ha cultivado, desde siempre, la amistad. No está sólo. A su cama de enfermo llegan sonrisas y mimos, chistes y libros, correos y saludos. Si algo lo molesta es no poder zapatear la Habana como acostumbra.
Y entra Laura en escena. Ella no permitió que la soledad lo acogotara. Lo llevó a su casa de la calle Neptuno y allí lo atiende como al niño que sigue siendo Poncito aún después de "tantos palos que le dio la vida".
Laura es pequeñita y hacendosa. Tiene en los ojos la claridad de todas las auroras. En sus manos lleva el alivio para muchos males, conoce los conjuros para alegrar el corazón y sabe las plegarias para que el plato magro tenga sabor a gloria. Nunca la he visto triste. Va "de su corazón a sus asuntos" con la levedad del ángel y la fuerza del dragón. Nada la derrota. Es pétalo y espada. Yo la he visto buscar los alimentos con la fortaleza del cazador antiguo y luego, como a un bebé pequeño, ponerlos en la boca de Poncito.
No sé si merezca elogios o unción esta mujer. Pero lo que si sé es que en mi corazón ella misma se erigió un altar. Allí vivirá sin que siquiera Héctor Maseda, su esposo merecedor de ella, pueda bajármela nunca. Laura se tornó inefable. Lástima que yo no sea Petrarca ni estos tiempos sean los de la Italia medieval y pueda yo escribir un soneto que la inmortalice y marque el renacer de tiempos venideros mucho más bondadosos.

viernes, 19 de marzo de 2010

Maritza


Antes de los sucesos de la Primavera Negra yo era una sencilla ama de casa cuya única aspiración era atender y hacer feliz a mi familia. Ninguna idea altruista me movía, ni siquiera patriótica y hasta mortificaba a mi esposo por haberse enrolado en la prensa independiente que tanta zozobra nos había traído. Cada día de mi vida lo despedía con un beso y lo seguía con la mirada hasta que su figura se perdía en el recodo del camino, y entonces temerosa, le rogaba a Dios que lo protegiera porque ya no podía hacerlo yo.

El 19 de marzo de 2003 lo detuvieron. Fue un día inolvidable para mí, porque, sola, sentada en un sillón, con mi niño dormido entre los brazos, juré que también yo pondría mi granito de arena en la lucha contra la dictadura que afligía a nuestro pueblo.
Cuando comencé a asistir a la misa de la Iglesia de Santa Rita de Casia y a caminar en silencio por el Paseo de la 5ª Avenida en protesta por el encarcelamiento de nuestros seres queridos, ya desde 1991 otro grupo de mujeres iban a la parroquia con el mismo fin, el Comité de Madres Leonor Pérez.
De ahí conocí a Maritza Castro Martínez, que había pertenecido al movimiento opositor ecologista NATURPAZ y hacía varios años militaba en esta organización de atención a los presos políticos. Ella dice que aunque no tiene vínculos de consanguinidad con ninguno, muchos de los hombres que están en prisión son sus hermanos, por tanto lo que hace no es más que cumplir con su deber.
El gobierno cubano a través de sus fuerzas represivas, viene usando diferentes métodos de hostigamiento e intimidación contra las Damas de Blanco, especialmente con las que no tienen familiares presos. Estos van desde amenazas directas contra su persona hasta el acoso y perjuicio a lo que más ama una mujer: sus hijos.
Maritza ha perdido la cuenta de las veces en las que la seguridad del estado la ha citado ha estaciones de policía para levantarle actas de advertencia y amedrentarla con chantajes contra sus familiares y vecinos.
En la víspera de los homenajes del 6º aniversario de la Ola Represiva de 2003, miembros de la policía política convocaron a una entrevista obligatoria a su hijo, donde lo conminaron a lograr que su madre dejara de asistir a las actividades de las Damas de Blanco. Dice Maritza: “Como no lograron su objetivo, vinieron a la casa y se lo llevaron esposado como un delincuente. Cuando fui a la Unidad de la PNR para averiguar por él, me dijeron que estaba bajo investigación por robo con fuerza y agravantes. Yo, cuando oí tal patraña me les reí en la cara, porque conozco a mis hijos. Me fui para mi casa y escribí con carbón en dos sábanas blancas pidiendo la libertad de todos los prisioneros políticos y de mi hijo porque también él era inocente. Las coloqué en la pared externa de mi casa. Confeccioné más de cien proclamas pidiendo lo mismo y las lancé a la calle. Al instante el tráfico se paralizó, los trabajadores de una fábrica que está enclavada en los alrededores de mi vivienda salieron a observar lo que estaba pasando, los vecinos me apoyaron y yo, contándole a todos por qué habían prendido a mi hijo, porque yo lucho, porque rezo a la virgen para que liberen a hombres que están presos por pensar.”
Un fuerte operativo policial fue desplegado, pero como la casa estaba rodeada de personas que contemplaban atónitas lo que estaba pasando, no se atrevieron a usar la fuerza. Ninguno de los que la escuchaba la agredió, nadie le dijo mercenaria. Los oficiales de la Sección 21 que habían acudido al llamado de algún delator que no quiso dar la cara, trataron de tranquilizar a la mujer, pero ésta les gritó que soltaran a su hijo y que se la llevaran a ella y que la juzgaran por defender los derechos humanos. Al otro día liberaron al muchacho, pero los represores fueron al Asilo de Santovenia donde laboraba de voluntaria Maritza e instruyeron a los directivos para que no se le permitiera en lo adelante, porque es una contrarrevolucionaria.

Iraida

De Iraida Soledad Rivas Verdecia se puede decir, parafraseando a Quevedo, “érase una mujer a un nebulizador, pegada”, pues su asma es tan severa que casi a diario tiene que recurrir a este aparato o a la inyección intravenosa para controlar el problema respiratorio que padece. No es raro encontrarse con ella en la Iglesia de Santa Rita o en otra reunión de las Damas de Blanco con una cánula hincada en su brazo.

Todos en su casa llevan muchos años militando en la oposición pública. Por eso el 18 de marzo de 2003, cuando la Seguridad del Estado arrestó a su esposo Roberto de Miranda, presidente del Colegio de Pedagogos Independientes, a ninguno le tomó por sorpresa, pero lo que sí no previeron fue que el día en que le celebraron el juicio, Marcos -el hijo mayor- se viera impedido de asistir, pues mientras esperaba junto a su madre para entrar al recinto judicial, fue detenido por la policía y encerrado en un calabozo. Iraida quedó sola sin ningún pariente o amigo en la Sala de Audiencias. Al escuchar el fallo de 20 años para su marido, Iraida no sabe qué se trastrocó en su cerebro y comenzó a gritar en pleno tribunal: “¡Libertad para Marcos, Libertad para Marcos!”. Afirma que estaba enloquecida pero que, gracias al furor que emanaba de ella, le devolvieron por lo menos a su hijo.
A Roberto le dieron una licencia extrapenal por razones de salud en junio de 2004, pero Iraida no disminuyó el activismo con nuestro grupo. Debido a eso, es desacreditada e infamada por la prensa oficialista y acosada por los acólitos del régimen: en agosto de 2006, durante el transcurso de un acto de repudio del que fue objeto, a su madre le subió la presión arterial y sufrió un derrame cerebral que le provocó posteriormente la muerte.
El año pasado su hija Elaide, residente en Miami, acompañada de su hijo y esposo, intentó visitar a sus padres. Hacía once años que no los veía y ellos no conocían al nieto.
Las autoridades cubanas les concedieron los permisos. La muchacha, colmada de alegría, realizó todos los trámites, gastó sus ahorros para pagar los documentos requeridos y llevar regalos. Al entrar al aeropuerto de La Habana, donde la esperaba su familia, sin dejarla saludarlos siquiera, la regresaron a EE.UU. cancelando la visita y sin mediar explicaciones de ningún tipo.
Mientras tanto Iraida y los demás se impacientaban porque no veían salir de la aduana a Elaide. Después de esperar por horas, fueron a preguntar a las autoridades migratorias. Las mismas le dijeron que habían revocado los visados de todos sus familiares, lo que fue confirmado un día después por un oficial de la policía política, quien le aseguró al matrimonio Miranda que jamás su hija entraría al país.
Este tipo de abuso es frecuente, los gobernantes cubanos como dueños absolutos del territorio nacional y de sus habitantes, se arrogan la facultad de decidir quién puede entrar o salir del suelo donde nació.
La gran mayoría de los cubanos residentes en el exterior, cuando viajan a la Isla, no quieren involucrarse con los disidentes, no quieren llevarles ni una carta, ni un pomo de medicinas, con tal de no irritar al gobierno. Y los que viven dentro tampoco se dan por aludidos acerca de las demandas del movimiento contestatario, ya que tienen que mostrar que son fieles defensores del proceso revolucionario, para que el régimen les permita seguir recibiendo a sus familiares y las remesas que éstos mandan.
O sea que, en tanto han liberalizado los viajes y el envío de remesas a Cuba, los que luchan dentro de la isla por la instauración de la democracia están cada día más desprotegidos y menos respaldados por los gobiernos de otras naciones.
El levantamiento de las restricciones de viajes de los cubanoamericanos a su tierra de origen, que habían sido impuestas como sanción al gobierno castrista por las altas condenas a 75 opositores pacíficos, se llevó a cabo en nombre del respeto a los derechos humanos sin tener en cuenta que la mayoría de esos opositores, continúan en prisión y que su único crimen fue tratar de ejercer esas libertades fundamentales.
Iraida me comenta: “Al igual que las otras mujeres de los presos, firmo cartas a organizaciones y reconocidas figuras internacionales, así como a primeros mandatarios del mundo. Pero cada día se intensifican más mis dudas: ¿habrá alguien que nos tome en cuenta?”